Acento

Las Palmas, septiembre 2021. Estaba esperando que Ana me recogiera delante del supermercado. Había ido a por botellas de agua y plátanos. Ana llevaba bocadillos de pavo y queso que habían preparado un grupo de mujeres de una iglesia que colaboraba con nuestro colectivo. Vi su coche acercarse y aparcar. Puse las bolsas en el maletero e hice como para subirme, pero Ana me paró. ‘No espera, mejor ir a por más cosas, hay que subir a Altavista luego’. Volvimos al super y compramos más pan, más pavo, más agua y más fruta. Pusimos todo en el coche y conducimos hasta el punto del reparto.

Cada noche, desde hace varios meses, un grupo de voluntarios repartía comida a las personas que pasaban hambre en la calle en Las Palmas de Gran Canaria. La mayoría de las personas que acudían a los repartos eran adultos o jóvenes magrebíes recién llegados a la isla en patera. Algunos habían acabado en la calle tras haber sido expulsados de los centros de atención humanitaria. Otros habían salido de los centros ‘voluntariamente’, que en muchos casos significaba que no habían aguantado el régimen disciplinario muy estricto, los retrasos en las derivaciones a otros centros en la península, o la gran cantidad de personas con la que tenían que convivir en los campamentos. Los más jóvenes solían ser chicos que habían sido alojados en centros de protección para menores de edad, y que habían tenido que abandonar las estructuras donde vivían tras cumplir los 18 o ser decretado mayores de edad. Desde hace algunas semanas habían empezado a acudir a los repartos también adultos españoles que, por lo que pude entender, estaban en situación de sinhogarismo. A veces, entre ellos vi también un par de chicas jóvenes.

La playa de Alcaravaneras, donde durante varios meses durmieron centenares, y luego decenas, de personas migrantes en situacion de calle. Fuente: Rawane Fall

Una vez completado el reparto en la parte baja de la ciudad, Ana y yo subimos en coche hacia la parte alta de Las Palmas. Aparcamos cerca de la Iglesia Evangélica Coreana, en el barrio de Altavista. La iglesia había sido creada por la comunidad coreana que se había ido asentando en Gran Canaria a partir de los años ’60, cuando el cierre del Canal de Suez había convertido el puerto de la ciudad en un nudo estratégico para las relaciones pesqueras y comerciales entre las islas y el Asia del Sur. La iglesia daba a un barranco donde varias personas en situación de calle vivían en tiendas de campaña. Ana llamó a Mounir, un hombre saharaui que vivía ahí y que normalmente se encargaba de recoger la comida para los demás, y le avisó de que habíamos llegado. Bajamos del coche, y nos pusimos a esperar a Mounir al lado de unas personas que estaban tomando foto de la ciudad desde el mirador.  El viento me golpeó la piel, y se me puso la carne de gallina. Llevaba un suéter y pantalones deportivos cortos. No había considerado que Altavista y el barranco estaban mucho más expuestos al frio que la parte baja de la ciudad. 

Después de unos minutos, vimos llegar a Mounir acompañado de otro chico, alto y delgado, que yo no conocia. Nos presentamos y nos quedamos ahí un rato a hablar. El compañero de Mounir se llamaba Khalid, y era marroquí. Tenía la cara manchada del sol y ya marcada por pequeñas arrugas – podía tener una treintena de años, o quizás parecía más mayor de su edad real. Khalid hablaba un español fluido, con un acento canario muy marcado: aspiraba las ‘s’, y pronunciaba las ‘z’, las ‘c’ y las ‘s’ de la misma manera. ‘Tu llevas tiempito aquí, ¿no? Porque hablas igual que un canario’ le dije. Khalid se puso a reír. ‘Bueno claro, es que yo llegué aquí con 14 años y me crie en un centro de menores en el sur’ nos explicó.

El centro a los que Khalid se refería era una antigua residencia de estudiantes en el polígono industrial de Arinaga, en el sur de la isla. La estructura había funcionado como centro de emergencia durante la ‘crisis de los cayucos’, una época durante la cual el aumento del control fronterizo por parte de Marruecos y España en el Estrecho de Gibraltar había redirigido los flujos migratorios hacia las islas Canarias. El centro tenía una capacidad para 90 menores, pero había regularmente llegado a albergar muchos más. Tras una visita a las dependencias en 2007, un informe de Human Rights Watch denunció malos tratos, sobresaturación y restricciones indebidas a la movilidad de los niños. Finalmente, el centro fue cerrado en 2009, cuando la cooperación fronteriza entre el gobierno español y las autoridades senegalesas, mauritanas y marroquís diò luz a un sistema de patrulla mucho más estricta en las aguas del Atlántico. El flujo migratorio se redirigió otra vez hacia el Mediterráneo Central y Occidental, y el número de menores llegados a Canarias bajó. Las instalaciones en Arinaga ahora quedan abandonadas, sus antiguas funciones reconocibles solamente por los murales en árabe pintados alrededor del patio. Sin embargo, Khalid habló con cierto cariño de su estancia en el centro de menores. “Siempre les digo a los chicos [menores de edad] que tienen que aprovechar [de su estancia en el centro], porque ahí te dan todo, clase, comida, ropa, todo lo que necesites’ nos explicó.

Las instalaciones de un antiguo centro de menores en el poligono industrial de Arinaga.
Fuente: Lorena Gazzotti

Khalid nos dijo que acababa de volver en patera a España. Una vez alcanzada la mayoría de edad y salido del centro, se había quedado sin papeles. Había sido expulsado, pero después de varios años en Marruecos, había vuelto a cruzar. Los casos de personas expulsadas que vuelven a emigrar no son excepciones, ni son un fenomeno novedoso. En Las Palmas, había conocido a Simo y Karim, los dos marroquís, que habían vuelto a cruzar después de haber pasado varios años en distintos países europeos, donde vivía parte de sus familias. Habían sido expulsados desde Italia, y finalmente decidieron coger una patera otra vez. En Melilla, conocí a Abdessamad, un hombre de Fes que había sido expulsado de España mientras que su solicitud de arraigo social ya estaba en trámite. Tras su expulsión, su abogado le informó que la solicitud había sido resuelta de manera favorable. Volvió a cruzar, a ver si se podía solucionar su situación de alguna manera. Siempre en Melilla, me encontré a Mohcin, un chico de Tetuán que hablaba perfectamente castellano y euskera. Se había criado en Bilbao en un centro de menores, del que había salido al cumplir la mayoría de edad. Había decidido recorrer Europa, yendo de una ciudad europea a otra hasta que la policía alemana lo había expulsado a Marruecos. Después de un tiempo, decidió cruzar otra vez. ‘Que iba a hacer en Tetuán? No tenía trabajo, ni nada’ me explicó.

En el primer trimestre de 2024, 30570 extranjeros fueron expulsados de algún país de la Unión Europea. Las políticas migratorias se enfocan en la expulsión como un instrumento que fija a los extranjeros no deseables en su país de origen. Pero los efectos de la expulsión no son tan sencillos. Con un estudio sobre adultos criados en Reino Unido y devuelto a Jamaica, el antropólogo Luke De Noronha demuestra que el retorno forzoso muchas veces afecta a personas que ya se han arraigado de forma afectiva, social o laboral en el país de destino, aunque a veces estas formas de arraigo no se hayan traducido todavía en un permiso de trabajo o no sean las formas de arraigo reconocidas por la ley. Al haber pasado tanto tiempo en un país diferente, los expulsados pueden tener tantas dificultades en rehacerse una vida su país ‘de origen’ que deciden volver a marcharse. Como explican los sociólogos Liza Schuster y Nassim Majidi, las razones son distintas: la falta de oportunidades laborales en el país de origen, el choque cultural y las tensiones familiares, y también el estigma que afecta a los expulsados en muchas comunidades de origen. La expulsión, en este sentido, no fija una persona en el espacio: opera como una manera de humillar y desorientar, a descarrilar la vida de una persona y a obligarle a empezar otra vez desde cero. De hecho, era esto que la expulsión había obligado Khalid, Simo, Karim, Abdessamad y Mohcin a hacer: devolverlos contra su voluntad al punto de partida, para obligarlos a empezar su camino migratorio desde cero.

En Altavista se estaba haciendo tarde, y Ana dijo que tenía que bajar. Confirmamos a Mounir la hora a la que iba a llegar nuestra compañera para el reparto el día siguiente, y nos despedimos de él y de Khalid. Los dos chicos volvieron al camino que llevaba a sus casetas, y nosotras montamos en el coche. El calor del vehículo envolvió mis piernas heladas, y relajé la espalda contra el asiento. Miré a Mounir y a Khalid doblar la esquina y desaparecer. Fuera, el viento seguía ululando.