Ilegalidades

Estaba medio tirada en el sofá de la casa de María, una amiga portuguesa que vivía en la ciudad vieja de Rabat, capital de Marruecos y centro de la vida político-administrativa del país. María me estaba contando algo cuando la puerta de casa se abrió, y su compañera de piso entró en la sala de estar, bastante alterada. ‘¡Acaban de llamarme, hubo un salto!’ dijo Roció, una española de una trentena de años. Suspirando, Roció abrió el portátil que había dejado encima de la mesa colocada abajo de las escaleras que conducían a la azotea de la casa. Con una mirada, María me pidió callarme y seguirla en la azotea, para que Rocío pudiera trabajar en tranquilidad.

El evento a lo que Roció se refería era el intento por parte de unas personas procedentes de África Central y Occidental de saltar la valla que divide la provincia de Nador con Melilla, una de las dos enclaves españolas en el norte de Marruecos. Junto con Ceuta, Melilla ha constituido durante casi  tres décadas una de las principales puerta de acceso a España por parte de personas procedentes de distintas partes de África y, con menor incidencia y en momentos concretos, también de Siria y Asia del Sur. Para muchas personas procedentes del Sur global, cruzar las fronteras terrestres a España significa saltar una valla que a lo largo de los años ha alcanzado los 10 metros de alturas, dotadas de cámaras infrarrojas y patrulladas por coches de la Guardia Civil del lado español y por las Fuerzas Auxiliares del lado marroquí.

La valla que separa Melilla (a la izquierda) de Marruecos (a la derecha). Fuente: Lorena Gazzotti

Roció trabajaba para una agencia de prensa española, y había sido encargada de cubrir la noticia del ‘salto’. Escribir del despliegue policial para el control de la ‘ilegalidad’ era parte de sus tareas laborales. Lo que parecía algo irónico, ya que su vida no se desarrollaba en el pleno respeto de la ley tampoco. La ley de extranjería marroquí obliga los extranjeros que se establezcan en Marruecos durante más de 3 meses a pedir un permiso de residencia. Sin embargo, y como muchos otros europeos que viven de manera estable en el país, María y Rocío no tenían permiso de residencia, iban y volvían de Marruecos a Europa cada 90 días para renovar el sello en su pasaporte. Sus vidas laborales y alojativas no estaban por encima de toda sospecha tampoco. María trabajaba sin contrato, y la casa donde las dos vivían estaba alquilada informalmente. Me lo habían contado la primera vez que le había pedido la contraseña de la wifi. ‘No podemos contratar internet porque no tenemos contrato de arrendamiento, así que el vecino nos deja utilizar su wifi’ me explicaron, con la sugerencia de sentarme en el sofá pegado a la pared que dividía las dos viviendas cuando tenía que conectarme a internet. De hecho, era por esta razón que Roció había colocado la mesa que le hacía de escritorio en el salón y no en su habitación, donde la señal era demasiado débil – para escribir de la ‘ilegalidad’ de los demás había tenido que ajustar algunos detalles que le permitieran de gestionar la suya.

La recepción de la noticia del ‘salto’ por parte de Rocío pone de talante los distintos regímenes de ilegalidad que gobiernan la frontera euro-africana. Por un lado, personas racializadas procedentes del Sur global, cuya presencia en Marruecos y movilidad tras la frontera activa la ansiedad del estado securitario del Norte, y desencadena un despliegue policial, humanitario y periodístico que se basa en el apoyo de países, como Marruecos, que han hecho de la proactividad en el control migratorio parte de su estrategia diplomática. Por otro lado, personas europeas con piel blanca, cuya existencia en Marruecos no se conformaba tampoco con la legalidad vigente, pero cuya irregularidad no parecía interesar a nadie: ni a las autoridades marroquís, ni a los medios de comunicación, y a los países europeos todavía meno.

Un router Wifi. Fuente: Openverse

Desde que España firmó el acuerdo Schengen en 1991, la frontera con Marruecos se ha convertido en la Frontera Sur, un espacio cuyo control genera la ansiedad del estado securitario europeo. La inmigración en Marruecos se convirtió en un tema extremamente politizado: la prensa marroquí empezó a escribir de las pateras que salían desde las costas y de los ‘subsaharianos’ que vivían en el país, la Unión Europea empezó a otorgar financiamientos para proyectos de control fronterizo, y el gobierno marroquí aprobó una ley de extranjería muy restrictiva en 2003.

Que Marruecos haya sido al centro de los debates sobre la cooperación en materia de control migratorio en el Mediterráneo occidental no significa que la inmigración en el país sea un fenómeno demográficamente muy significativo. Más bien al contrario, el número de extranjeros residentes en Marruecos era significativamente más elevado al final del protectorado: según los censos marroquís, el número de extranjeros en Marruecos bajó de 529 000 personas en 1952 a 51,435 en 2004, para subir a 84,001 en 2014. En los días en los que Rocío escribía del ‘salto’, la población foránea suponía un 0.25% de la población total censada en Marruecos –  y de los casi 85 000 extranjeros residentes en el país, más de 33 000 eran Europeos.

La crítica feminista Sara Ahmed escribe que la blanquitud (‘whiteness’) es una ‘orientación’, una disposición a entender las cosas y el mundo según una lógica sistemáticamente racializada, que es un producto histórico y estructural del orden colonial, donde la blanquitud es un hecho, una obviedad que no tiene ni siquiera necesidad de ser pensada. Eso hace que las personas blancas muchas veces pasen desapercibidas, inadvertidas, porque la blanquitud es una categoría que se hace ‘invisible a través del privilegio’ (Ahmed, 2007, p. 149, traducción mía). El hecho que no percibimos la blanquitud, o que consideramos ciertas etiquetas – como el ‘migrante ilegal’ – como inherentemente non-blanco es el producto de una tendencia iterativa de las políticas migratorias a construir ciertas categorías alrededor de los cuerpos non-blancos: la legalidad y la movilidad son percibidas como un privilegio blanco, y la non-legalidad es considerada automáticamente como non-blanca. La blanquitud determina el privilegio de parte de la población a ser invisible, y expone otros grupos sociales a la hipervisibilidad. Oficialmente, la inmigracion africana y europea tenian una importancia demografica parecida en Marruecos. Sin embargo, nadie sabía nada de la movilidad mía, de Rocío, de María. Todo el mundo quería saber todo de las razones que habían empujado a un grupo de ‘subsaharianos’ a saltar la valla entre Marruecos y Melilla.

Rocío entregó su artículo, o quizás no lo hizo, tal vez los ritmos de la prensa pasaron a otro tema demasiado rápido. Unos días después yo recogí mis cosas y me fui al aeropuerto, de vuelta a Italia. No me cabía todo en la maleta, y me acerqué al control de pasaportes con unos libros en las manos. El policía abrió mi pasaporte. ‘Ah, estudias árabe’ me dijo, haciendo un gesto con la cabeza hacia el libro que llevaba en la mano. Recogí el pasaporte sellado y seguí mi camino hacia la puerta de embarque, sin que nadie me hiciera caso, invisible en el privilegio de la frontera.

Este relato está basado en el articulo “(Un) making illegality: Border control, racialized bodies and differential regimes of illegality in Morocco”, The Sociological Review, 69(2), 277-295.