Bella Roma
KhouribgaKhouribgaKhouribgaaaa
KelaSraghnaKelaSraghnaKelaSraghnaaaa
Beni Mellal, Junio 2023. Los chóferes gritaban los destinos de las rutas desde distintas paradas de la estación de los grand taxi, los taxis colectivos de color blanco que conectan distintas ciudades marroquíes, o distintos barrios de los grandes centros urbanos, según rutas preestablecidas. Me acerqué a la parada desde donde salían los taxis hacia Fqih Ben Salah, una ciudad en la llanura del interior de Marruecos, tres horas al norte de Marrakech. Era un centro urbano de 200 000 habitantes, cuya economía giraba en torno a la agricultura, la explotación de fosfatos y las remesas de los muchos migrantes que se habían ido a Italia y España desde mediados de los años 80. Iba allí para terminar una investigación sobre los complejos sociales que habían sido financiados por España a lo largo de los años 2000 para repatriar menores marroquíes a su país de origen. Uno de los centros había sido construido cerca de Marrakech, otro cerca de Nador, y un par de ellos habían sido reformados en la región de Tánger. El último que me faltaba por investigar estaba, justamente, en Fqih Ben Salah.

El chófer me preguntó si quería pagar el taxi entero yo sola o si solamente quería una plaza. Nada más contestar, me pilló el acento. —¿Italiana? —me preguntó, indicándome que tomara asiento con otro pasajero en la parte delantera del coche, ya que las plazas de atrás ya estaban ocupadas. Mientras íbamos, me contó que había migrado a Italia varios años atrás, y que había estado viviendo en distintas ciudades del norte antes de asentarse en Módena, una ciudad de Emilia-Romaña, la región donde nací y me crié yo. Le pregunté si había vuelto para pasar las vacaciones con la familia, y la mirada se le volvió de repente asombrada. Me dijo que había decidido quedarse durante el verano, y que iba a ayudar a su hermano con el negocio del taxi. Parecía que no quisiera tocar el asunto demasiado, y decidí respetar esa distancia.

Italia, de alguna forma, se había vuelto parte de la geografía de la ciudad. Muchos comercios llevaban nombres italianos, como la pizzería ‘Bella Roma’, o el restaurante ‘Il Postino’. En verano, eran italianas las matrículas de muchos de los coches que recorrían las calles de la ciudad, y que se quedaban aparcados fuera de las casas del barrio de los emigrantes, cuyas viviendas llamaban la atención por sus techos elaborados y por las ventanas cerradas todo el resto del año. Junto con Fqih Ben Salah y Khouribga, la ciudad forma parte de la región de origen de muchas personas que han migrado hacia Italia o España desde los años 80. Eran los años en que la migración marroquí se estaba reorganizando tras el cierre de fronteras por parte de los países de Europa occidental. Ante la imposibilidad de migrar legalmente a Francia, Bélgica o Países Bajos, el flujo migratorio se desplazó hacia Europa del Sur, donde aún existían políticas migratorias más abiertas. A principios de los años 90, tanto Italia como España comenzaron a exigir visado a los ciudadanos de países no europeos. Así nació la Europa Fortaleza, y el pasaporte marroquí fue rebautizado como haddou Tanja, “hasta Tánger”, ya que no servía, por sí solo, para cruzar al otro lado del estrecho.
La migración desde el sur del Mediterráneo hasta la otra orilla no se detuvo, sino que tomó caminos y medios más arriesgados. Quienes tenían familiares en situación legal en Europa intentaban la complicada vía de la reunificación familiar. Muchos adolescentes comenzaron a esconderse en los camiones que cruzaban el mar en barcos desde los puertos de Tánger y Casablanca. Las personas que podían permitírselo se subían a una patera. Las que no podían permitírselo se endeudaban para pagarse el pasaje. Con el aumento de los cruces en patera, comenzaron también las muertes por naufragio, sobre todo entre los jóvenes de las zonas del interior de Marruecos, menos conocedores del mar y sin saber nadar. Un activista marroquí bautizó la región de Beni Mellal, Fqih Ben Salah y Khouribga como el “Triángulo de la muerte”, debido a los tantos naufragios que habían sufrido las familias de la zona.
Cada vez que iba a Marruecos, me encontraba con personas que habían migrado y que luego habían vuelto. Casi siempre los encontraba en taxis, o cuando pedía un pasaje en una de las aplicaciones de car sharing. Las autoridades marroquíes habían prohibido a las empresas como Uber o Kareem operar en Marruecos, ya que las licencias para conducir un taxi estaban muy estrechamente controladas por el poder central. Sin embargo, la realidad era que muchas personas que se encontraban en el paro habían visto en estas aplicaciones la posibilidad de ganar un sueldo, aunque la posibilidad de ser multado por la policía era real. No me gustaba utilizar estas aplicaciones. En Inglaterra era organizadora sindical, y sabía que los chóferes que trabajaban a través de empresas de car sharing estaban completamente desamparados tanto a nivel legal como económico. Pero la universidad me pedía recibos para reembolsarme los gastos del trabajo de campo, y con los taxis comunes era complicado conseguirlos.
Cuando me subía a un Kareem, el chófer me pedía que me sentara en el asiento delantero, para dar menos en el ojo. Por alguna razón, estas cortas carreras en taxi, en situación de precaria ilegalidad, se convertían en un espacio donde los conductores empezaban a hablarme de los eventos que habían motivado su regreso. A veces significaba hablar de una relación complicada con una pareja, de negociar los cuidados con la familia que se había quedado en Marruecos frente a los costos de la vida en Italia; otras veces significaba haber sido devueltos tras problemas con el sistema penal. Aunque yo no empujara nunca, hablar de la vuelta era algo que querían hacer, pero que los removía. El tiempo breve del trayecto en taxi se dilataba por los silencios densos que puntuaban la conversación.
A la mañana siguiente, muy temprano, me desperté y paré un taxi pequeño para ir a coger la guagua que iba directa a Rabat. El hombre que conducía me pilló el acento otra vez, y me contó de los años que había vivido en Liguria, que le habían dejado un acento del norte de Italia muy marcado. Llegada a la estación de guaguas, me senté sobre mi maleta y me puse a mirar a una madre con su hija, que esperaban la misma guagua en la ciudad todavía oscura. La madre le hablaba en darija, y la niña contestaba en español. – ¿Vuelven después de las vacaciones? —pregunté a la madre mientras la ayudaba a subir las bolsas al maletero del bus. Ella asintió y me dijo que volvían a Sevilla. Subimos todos al autobús, y me dormí antes de que la guagua saliera de la ciudad.