Eid
Marrakech, Agosto 2013. El tren dio una sacudida. Salté en el asiento y me desperté de repente del sueño en el que había caído nada más salir de la estación de Casablanca. Tenía el rostro hinchado y los párpados pesados por el calor. Alguien había abierto las ventanillas para que corriera un poco de aire, pero los otros pasajeros parecían tan acalorados como yo. La señora sentada en el asiento opuesto al mío me dijo algo que no llegué a entender. “Perdón, ¿qué me ha dicho?”, le pregunté. La señora me devolvió una mirada perpleja, como si no supiera de qué estaba hablando. Quizás me lo había imaginado. Quizás estaba dormida todavía, o estaba alucinando. La temperatura dentro del vagón era altísima. Habíamos pasado Settat ya, y los termómetros en esta plana del interior de Marruecos podían fácilmente rozar los 50 grados.
Era el fin de semana del Eid Sghir, la fiesta de fin del Ramadán. El tren iba llenísimo porque todo el mundo volvía a su casa para pasar la fiesta con la familia. Yo había aprovechado la pausa de las clases en el centro donde estaba cursando árabe clásico para ir a ver a un amigo que vivía en Marrakech. Marco, así se llamaba, había sacado la carrera un par de años antes. Nos habíamos conocido en una asignatura que los estudiantes del grado de Lenguas Modernas compartíamos con los de Ciencias Políticas. Marco me sobraba un par de años, y le había perdido un poco la pista cuando él había vuelto al pueblo de sus padres tras terminar la carrera. Lo último que me habían contado era que, tras buscar prácticas y enviar currículum por todas partes, lo único que le había salido era un trabajo a media jornada en un Burger King de un centro comercial. Con tan reducido sueldo había tenido que quedarse a vivir con sus padres y había perdido la independencia que había tenido durante los años de la universidad. Eran los años tras la crisis de 2008, y la tasa de paro juvenil en Italia había alcanzado el 35%. Diplomados en cualquier rama de humanidades podían elegir entre empalmar una práctica no remunerada tras otra o irse a trabajar de fregaplatos en alguna capital europea. Quizás era por esto que Marco se me había quedado tan grabado en la cabeza. Era el fantasma de mi Navidad futura.

Su nombre, sin embargo, había recién vuelto a salir en una conversación con una compañera de curso. “¿Qué planes tienes tras tu graduación?”, me había preguntado. “Aprovecho el verano para ir a Rabat a estudiar árabe”, le había dicho. “Ay, pues mira, creo que Marco está en Marruecos también”. Me había sorprendido, porque Marco no había ni estudiado árabe, no tenía ninguna idea de porque estaba en Marruecos. Le escribí por Facebook y él me dijo que efectivamente se había ido de viaje a Marruecos de mochilero el año anterior, y luego le había salido un trabajo en un hotel en Marrakech. Cuadramos para quedar durante el Eid.
Cuando bajé del tren en Marrakech, sentí como si la piel se me fuera a descolgar del brazo. Eran las seis de la tarde, y el termómetro de la estación todavía marcaba más de cuarenta grados. Crucé el ingreso, lleno de personas acudidas a recoger a familiares y amigos. Paré un taxi y le pedí que me llevara a Jemaa el Fnaa, la plaza que divide la ciudad vieja de la ciudad nueva de Marrakech. Marco me había dicho que lo buscara al lado de la oficina de correos. Lo vi nada más bajar del taxi, y fui a darle un abrazo. Me pareció más pálido de lo que me acordaba en los patios de la universidad, más pálido de lo que creía que podía ser en una ciudad en la que el sol pegaba tan fuerte en verano. Cruzamos la plaza, que desde la mañana hasta las tardías horas de la noche se convierte en un hervidero de las actividades más distintas. Al lado de un carrito que vendía zumo de naranja recién hecho, una señora estaba aplicando henna al brazo de unas turistas. Unos metros más allá, una pareja sacaba fotos de un encantador de serpientes, que quizás estaban más traumatizados por el flash de las cámaras que por la música de la flauta.

Bajo el reino de Mohamed VI, Marrakech se ha convertido en el primer destino turístico de Marruecos. Ha sido un proyecto querido y pensado por el poder central, que en los años 2000 ha invertido en la renovación tanto de la autopista que conecta la ciudad con Casablanca como del aeropuerto, desde donde se puede volar a una miríada de ciudades europeas con una de las muchas compañías low-cost que sirven el sur de Marruecos. El antropólogo francés Michel Peraldi explica que la transformación del turismo en el motor de la economía local ha ido paso a paso con la transformación de ‘Marrakech’ en una experiencia a consumir, o en un souvenir a poner en la maleta de tamaño Ryanair. Jemaa el Fnaa, que hasta los años ochenta ofrecía productos de uso cotidiano para la población local, se ha vuelto ahora un enorme escaparate donde la ciudad, y la ‘cultura’ marroquí más en general, se convierten en un producto para los turistas que buscan comprar autenticidad.
Marco se adentra en la medina, y yo le sigo en el dédalo de calles estrechas hasta llegar a un edificio de una planta coronado por una terraza. Entramos, y Marco me presenta a su compañero de piso, Juan, un sevillano que trabaja como cocinero en otro riad, palabra que indica una casa de varios pisos construida alrededor de un patio central, pero que en las últimas dos décadas se ha convertido en sinónimo de hotel por la gran cantidad de riads que han sido comprados y reformados por emprendedores, en muchos casos europeos pero también marroquíes, para convertirlos en estructuras turísticas. En la casa hace mucho más fresco que en la calle. Me quito la mochila, y todo mi cuerpo se relaja. Marco me enseñó las distintas habitaciones, la azotea y el baño. Volviendo al salón, indicó un motor del aire acondicionado que estaba instalado en la pared. “Bueno, eso intentamos no encenderlo mucho porque consume muchísimo”, me dijo, imitando el gesto de contar billetes con el pulgar y el índice de la mano, el gesto que en italiano se utiliza para indicar que algo es muy caro.

Me duché, y luego Marco me propuso ir a tomarnos una copa. Salimos a la calle otra vez, y caminamos hasta un edificio no muy lejos de allí. Subimos al bar instalado en la azotea, desde donde se ve toda Jemaa el Fnaa. Pedimos dos copas de vino, y Marco empieza a contarme un poco de su nueva vida en Marrakech. Tanto el riad donde trabaja él como el donde trabaja Juan son propiedad de una pareja belga, a quienes Marco conoció por casualidad justamente porque se había quedado un fin de semana en el hotel el año anterior. Su trabajo de recepcionista le reporta 6000 dirhams al mes, poco menos de 600 euros al mes, la mitad del sueldo de un empleado de hotel en Italia pero dos veces y medio el salario mínimo en Marruecos. No entendí si tenía contrato, pero seguramente no tenía tarjeta de residencia, ya que tenía que hacer idas y vueltas con Europa cada tres meses para renovar el sello en su pasaporte. Se gastaba 2500 dirhams al mes en alquiler. Aunque no tenía visibilidad sobre cuánto iba a durar su precaria estabilidad, era cierto que había recuperado la independencia alojativa que había perdido en Italia.
En su libro sobre las migraciones en Tánger, Abdelmajid Hannoum observa que el privilegio blanco permite a los migrantes europeos que se instalan en Marruecos mejorar casi instantáneamente su posición social y profesional, sin grandes barreras burocraticas y sin necesidad de experiencia previa. “Un europeo […] en Tánger se convierte esencialmente en un europeo, un hombre o una mujer blanca, una persona con un estatus social elevado que le ha sido conferido por una larga historia de dominación colonial (cuya política ha sido casi olvidada pero cuyos efectos son profundos y duraderos)”. Mientras que la frontera pone infinitos obstaculos a la personas que de Marruecos o otras partes de Africa migran a Europa, el capital racial había consentido a Marco convertirse de empleado de fast food a recepcionista, tal como había permitido a jóvenes creativos que en Europa tenían carreras profesionales precarias convertirse en estilistas o en decoradores de interiores. Marrakech era, como dice Michel Peraldi, una ‘feria del posible’, ‘esta enigmática disposición que está en el aire de la ciudad a ofrecer de manera socialmente abierta la ilusión de encontrar aquí las condiciones de un nuevo comienzo’.
Nos terminamos la copa y pedimos otra. Marco me cuenta que el bar se vocifera que es propiedad de Daniele Lorenzano, antiguo dirigente de Mediaset, sociedad de propiedad de Silvio Berlusconi, antiguo primer ministro italiano y líder del partido de derecha Forza Italia. En 2012, Lorenzano había sido condenado en vía definitiva a 3 años y 8 meses de cárcel por fraude fiscal, pero los acuerdos de extradición entre Italia y Marruecos estaban haciendo algo complejo el cumplimiento de la condena. Mientras escuchaba esta historia, el alcohol me subió rápido, un poco por el calor del día, un poco por el cansancio, un poco porque me parecía mucha información para asimilar toda de una vez. Dije a Marco que me estaba muriendo de hambre y bajamos a Jemaa el Fnaa. La plaza se había convertido en un caleidoscopio de luces, de gente, de humo con olor a carne que subía de las parrillas. Nos sentamos delante de un banco que vendía bissara, una sopa densa y caliente de habas y guisantes. Me la comí a grandes cucharadas. Me giraba la cabeza, pero no tanto como para no notar que, al lado del encantador de serpientes, había un banco que vendía espadas láser. ‘Marrakech’ ofrecía de todo al consumidor de autenticidad, desde Las Mil y una Noches hasta Star Wars.

Unos meses después, pedí cita con un profesor de mi universidad para hablarle de la idea de hacer mi tesis de máster sobre la migración europea a Marruecos. Le hablé de Marco, de Juan y hasta de Lorenzano. Me parecía un tipo de migración que salía completamente de los discursos dominantes sobre las movilidades en el Mediterráneo, concebidas casi solo como un fenómeno del Sur al Norte, y no al revés. El profesor levantó las cejas tras escucharme y me contestó que lo veía viable solamente si enfocaba el trabajo en las inversiones económicas, más bien que en las migraciones. Pensé en Marco, en el Burger King, en sus 6000 dirhams al mes y en el aire acondicionado que casi no se podía encender para que no le subiera demasiado la factura de la luz. Me parecía que lo de las inversiones era una parte de la historia, pero no sabía cómo conceptualizar esta sensacion de precariedad que había temporalmente logrado disfrazarse de otra cosa. Cómo y por qué, no tenía todavía herramientas para entenderlo.
Salí de la oficina con la cabeza que me daba mil giros. Al final, decidí cambiar de tema para mi tesis.