La trabajadora social

Tanger, diciembre 2016. Compré un bocadillo de queso blanco y mortadela de pavo en uno de los ultramarinos que bordean la plaza del Gran Socco, delante del Cinema Rif. No me había dado tiempo a desayunar, y comí el bocata mientras subía la calle que llevaba a la catedral española. Había estado en Tanger solamente un par de veces, y no me orientaba muy bien en la ciudad. Saqué el móvil del bolso, y paré en el medio de la acera para consultar Google Maps. Era mitad de la mañana, y no había mucha gente por la calle, con excepción de los trabajadores de los talleres de carpintería que bordeaban la acera.

La Bahía de Tánger y el puerto. Fuente: Lorena Gazzotti

Llegué al patio delante de la iglesia, y tragué el ultimo trozo de bocata, maldiciéndome por nunca llevar agua en el bolso. Llevaba casi seis meses en Marruecos por mi tesis doctoral, y había cuadrado una entrevista con uno de los responsables del centro de apoyo a las personas migrantes que se alojaba en el perímetro de la catedral. Construida en los anos 50 al límite del barrio de Iberia, la catedral había sido concebida tanto como lugar litúrgico, y como representación del poder colonial español en Tanger, que durante el Protectorado estaba formalmente bajo mandado internacional. El proyecto de apoyo para las personas migrantes era parte de las obras sociales de la iglesia. Había sido habilitado a final de los años 2000 para hacer frente a las necesitades de la creciente población procedente de África Central y Occidental en condición precaria que se había ido asentando en Tanger. Muchas de estas personas tenían planificado quedarse en Tanger solamente el tiempo necesario a ahorrar el dinero para pagarse la travesía del Estrecho a bordo de una patera.

Sin embargo, esta espera podía durar meses, y los meses podían convertirse en años. Algunos de ellos, tras mucho esperar, se iban instalando de manera más duradera en la ciudad, su presencia constantemente amenazada por las redadas de la policía marroquí contra los ‘migrantes ilegales’. La catedral de Tanger, originalmente concebida como lugar de culto para los españoles llegados a Marruecos durante la colonización, ahora contaba entres sus fieles cristianos procedentes de distintos lugares de África, bloqueados en este lado del Estrecho por las lógicas del control fronterizo.

Empujé el portal de madera que daba al edificio al lado de la catedral. El local era un hervidero de actividad. Las personas migrantes podían ir sin cita previa en días definidos de la semana para pedir ayuda económica, apoyo administrativo para matricular los niños al colegio, o utilizar las duchas. Al lado izquierdo de la sala, grupos de hombres y mujeres esperaban su turno, sentados o de pie. Al fondo de la sala, los trabajadores del centro orientaban los usuarios a los distintos servicios. Me quedé al lado del portal, intentando identificar la persona con quien había hablado por correo. Poco después, vi a una chica joven ir hacia mí. Layla [nombre de fantasía] llevaba el pelo suelto y un jersey amarillo oscuro vino. Me sonrió acercándose, y me preguntó: ‘Tu es là pour l’entretien d’assistante social?’ ‘Estas aquí para la entrevista de trabajadora social?’. Le devolví la mirada, un poco perdida. ‘No estoy aquí para ver a Salima, soy una investigadora de la universidad…’. ‘Ah si claro, pasa’ me dijo, invitándome a seguirla hacia el otro lado de la sala.

Después de la entrevista, salí del despacho de Salima y volví a la sala de ingreso. Mientras cruzaba el salón, miré a los grupos de personas que esperaban, y a los trabajadores que les atendían. Sabia porque Layla me había tomada por una aspirante trabajadora social. Las personas que hacían la cola para ser atendidas (los ‘beneficiarios’ de la industria de la ayuda’) tenían la piel oscura. Los directores del proyecto eran europeos blancos, y los técnicos eran europeos o marroquís de piel clara. La ONG empleaba también a personas racializadas procedentes de distintos países de África Central y Occidental, pero como agentes comunitarios – una posición subordinada y normalmente menos remunerada en el organigrama de la cooperación al desarrollo. Layla había leído la tez de mi piel según un esquema racializado del ‘color’ a la frontera entre España y Marruecos, donde ciertos recursos, espacios y oportunidades siguen siendo asequible solamente a personas blancas, mientras que las personas non-blanca son relegadas a una posición de inferioridad. A los ojos de Layla, una persona con piel clara, que hablaba francés con acento italiano – una gawria, en árabe marroquí – era fácil de posicionar en la jerarquía racializada del centro.

La antropología divide a los investigadores entre ‘internos’ (insiders) y ‘externos’ (outsiders) a la comunidad que están investigando. Este debate parte de la premisa que un investigador pueda ser verdaderamente ‘externo’ a los mundos sociales que son objeto de su trabajo, como si el campo de investigación fuese un mundo paralelo al lugar de procedencia o de instalación del investigador. Sin embargo, esta suposición no es cierta: las historias de dominación, intercambio y comercio, así como las relaciones capitalistas de producción, crean conexiones entre localidades que parecen, a primera vista, bastante desconectadas. El investigador que hace su trabajo de campo en una localidad que le es ajena ya tiene una relación con este sitio en virtud de la historia acumulada inscrita en su cuerpo. ‘Los encuentros’, dice Sara Ahmed, ‘[…] no existen solamente en el presente: cada encuentro reabre encuentros pasados’.

Aunque no la había vista nunca, yo no era una desconocida para Layla. Mi apariencia la orientaba en hacer suposiciones sobre quien era, porque estaba ahí, si estaba bienvenida o no. Sin duda alguna estaba ahí poque había sido seleccionada para la entrevista para el puesto de trabajadora social. Daba igual que no tuviera el título de trabajadora social: esta suposición se basaba únicamente en el hecho de ser la única persona blanca en una sala llena de personas non-blancas. Aunque yo acababa de llegar al centro, la historia de la colonización europea de la ciudad me había precedido, y había condicionado la manera en la que Layla me percibía. Refiriéndose a los europeos en Tanger, el sociólogo marroquí Abdelmajid Hannoum dice que ‘en Tanger, un Europeo […] se convierte por la mayor en un Europeo, un hombre blanco o una mujer blanca – una persona con un estatus social elevado que le ha sido conferido por una larga historia de dominación colonial’.

El investigador blanco no puede ser un ‘extraño’ en la frontera hispano-marroquí: se acerca a la frontera como beneficiario de un sistema extractivista, capitalista y colonial que se alimenta del control migratorio. Los espacios y los actores fronterizos parecen ‘asequibles’ (Ahmed 2012) al investigador blanco no porque lo sean en absoluto, sino porque el color de la piel condiciona el acceso a esos. Operando desde una posición de privilegio derivada de sistemas coloniales que se superponen, el investigador blanco no puede que encarnar el imperio, sus secuelas, y los beneficios implícitos que la blanquitud conlleva. Eso es así, aunque el investigador no esté conforme con las antiguas y nuevas prácticas imperialistas, aunque intente distanciarse de ellas y luchar en su contra.

Llegué al final de la sala, y tiré el portal de madera hacia mí. Salí al patio otra vez. Me pregunté cómo podía mi tesis ser un análisis crítico del control migratorio, si cada uno de mis movimientos por la frontera era favorecido por el mismo privilegio blanco que determinaba quien era ilegal y quien no a los dos lados del Estrecho. Pensé en un mapa que había visto dentro de la iglesia. Representaba al territorio bajo la jurisdicción de la Diocesis de Tanger. Incluya a casi todo el norte de Marruecos, desde Tanger hasta el Kert, la región del Rif que incluye Nador. Reproducía casi perfectamente lo que habían sido los límites del Protectorado Español.