Montevideo, Uruguay

Cuando mis abuelos maternos murieron, mi madre heredó el piso donde vivían, en un pueblo de tamaño medio, a unos 50 km de Bolonia. No dudó ni un instante y decidió venderlo. Cuando le pregunté por qué, me dijo que ya no lo sentía como su casa. La verdadera casa de su infancia, aquella donde guardaba sus recuerdos más cálidos y afectuosos, había sido una cabaña sin calefacción en la que vivió con sus padres, sus abuelos, sus tíos y sus primos, en régimen de aparcería. El piso del pueblo, en cambio, estaba cargado con el peso del sufrimiento que le había traído la pérdida de sus padres.

La casa donde se criò mi madre.

Con el dinero de la venta, mis padres decidieron construir una casa al lado de donde vivían. Primero la alquilaron a una familia, y luego a Hugo, un hombre divorciado que trabajaba como obrero en una empresa de montaje y desmontaje. Hugo llevaba una vida sencilla: salía a trabajar, volvía a casa y, de vez en cuando, recibía la visita de su hija o de su hermano. Los únicos episodios destacables eran las fiestas que organizaba cada verano en el jardín, cuando sus amigos llegaban disfrazados para pasar la noche juntos, con la música a todo volumen, dirigida inevitablemente hacia las casas de los vecinos jubilados y poco fiesteros de la calle de atrás.

Durante unos años, la vida de Hugo siguió esa rutina predecible. Hasta que, un día, vino a hablar con mis padres para decirles que había perdido el trabajo y que tenía problemas para pagar el alquiler. Mis padres le dijeron que no se preocupara, que ya lo arreglarían cuando encontrara un nuevo empleo. En los meses siguientes, su pelo, antes medio rizado, creció más de lo habitual. Las botellas de vino y cerveza comenzaron a acumularse en el contenedor de vidrio frente a su casa. En un par de ocasiones, los vecinos tuvieron que recordarle que le tocaba cortar la hierba del jardín, que ya alcanzaba la altura del muro que rodeaba el patio.

Unos meses después, mi padre notó que las ventanas de la casa de Hugo llevaban varios días cerradas. Intentó llamarlo, pero su móvil estaba apagado. El coche de su hermano seguía aparcado delante de la casa, pero parecía que nadie estuviera allí. Un par de semanas más tarde, una grúa vino a llevárselo. Alarmado, mi padre caminó hasta la casa de Hugo. Tocó el telefonillo y vio que alguien había dejado las llaves en el buzón.

Por un momento pensó en denunciar la desaparición a la policía, pero mi madre le recomendó contactar primero con algún familiar de Hugo para averiguar su paradero. Buscando entre los documentos del contrato de alquiler, mi padre encontró el número de María, la exmujer de Hugo, que había dejado sus datos cuando firmó como garante. María dijo que no sabía dónde estaba Hugo, pero mi padre intuyó una leve vacilación en su voz. Le explicó que, si él había decidido marcharse, debía comunicarlo de alguna manera, ya que mis padres no podían recuperar la vivienda sin su autorización. María respondió que, si Hugo se ponía en contacto con ella, se lo haría saber.

Tres semanas después, el cartero entregó una carta a mis padres. Era de Hugo. En ella, agradecía a mi padre todo el apoyo que le había dado a lo largo de los años y le autorizaba a entrar en la vivienda, cediéndole todas sus pertenencias y muebles como pago por los meses de alquiler que no había podido abonar. El sobre llevaba el sello de Montevideo, Uruguay.

Cuando mis padres entraron en la casa, encontraron la mesa todavía puesta, la cama deshecha y la nevera llena de comida podrida. Parecía que Hugo se había marchado con tanta prisa que ni siquiera se había detenido a fregar los platos. En las semanas siguientes, mis padres y mi hermano vaciaron la vivienda. Hubo cierto debate sobre qué hacer con una bolsa de VHS eróticos que mi madre halló en el ático. Mi hermano y yo argumentamos que no tenía sentido contaminar el ambiente tirándolos en el contenedor de basura común y que era mejor llevarlos a alguna tienda de segunda mano o dejarlos en algún punto donde alguien pudiera recogerlos. Mucho menos polémico fue decidir qué hacer con los cientos de rollos de papel higiénico que también encontramos en el ático, aún en bolsas con el sello de la empresa de montaje y desmontaje donde había trabajado Hugo. Quizás un pequeño reembolso simbólico, que Hugo se había otorgado tras el despido que le había arruinado la vida.

Años después, mi padre, a pesar de las súplicas de mi hermano y mías para que evitara el ridículo, se abrió una cuenta de Facebook. Comenzaron a llegarle solicitudes de amistad. Una de ellas era de un usuario radicado en Montevideo, Uruguay.