Ruidos
Noviembre 2016. Suena el despertador. Lo silencio con una mano, los ojos medio cerrados.
Miro el móvil. Tengo una llamada perdida de un numero desconocido.
Busco los resultados de las elecciones en Estados Unidos por internet.
Trump ha ganado. No me lo creo. Me parece el fin del mundo.
Envió un mensaje al número que me ha llamado. ‘C’est qui?’ ‘Quién es?’.
Paso al baño.

Estoy en Oujda, una ciudad de Marruecos a la frontera con Argelia. Es un punto clave de la ruta migratoria que conecta África central con Europa. Oujda es la primera ciudad que las personas migrantes se encuentran tras cruzar desde Maghnia, en Argelia. Durante muchos años, fue también la primera ciudad que las personas devueltas al desierto por las autoridades marroquís se encontraban tras empezar otra vez el camino para volver a sus casas. Había ido a Oujda para entrevistar a miembros de distintas asociaciones que trabajan con personas migrantes.
Vuelvo del baño. He recibido una respuesta del número desconocido.
‘Salut.c.est.moi.’. ‘Hola.Soy.Yo’.
No entiendo nada. Me imagino que sea alguien que no sabe utilizar bien el móvil, quizás una persona mayor, y que se haya equivocado de número.
La pantalla del móvil se ilumina. El numero desconocido me esta llamando. Lo cojo.
Me habla un hombre. No reconozco la voz. Le pregunto quién es.
El hombre eclipsa mi pregunta. Se me dirige como ‘Lorena’ (¿Como se sabe mi nombre?).
Le pregunto otra vez quien es. Me dice que es un amigo de Madame Samira.
Madame Samira es la presidenta de una asociación a la que he entrevistado el día anterior.
Le pregunto si estaba en el local de la asociación el día anterior. Me dice que no.
Le pregunto otra vez como se llama. No me contesta.
Me pregunta si sigo en Oujda. Le digo que me voy a ir dentro de poco.
Se despide. Cierro la llamada.
Respiro. Mi cerebro sigue empieza a dar vueltas.
He recibido la llamada de alguien que quería decirme que sabia quien ero, donde estaba el día anterior, y que no quiso decirme quien era.
Pensé a lo que me había dicho un compañero meses antes.
‘No te preocupes, aquí si molestas te lo vienen a decir’.
Bueno, pienso, me lo han venido a decir.
Respiro otra vez.
¿Me lo han venido a decir?
Mi plan aquella tarde era de seguir mi camino y tirar por Nador.
Ahí, me iba a quedar en casa de una amiga unos días, para poder completar unas entrevistas más.

Nador es la ciudad más próxima a la valla que separa Marruecos de Melilla.
Es una zona muy vigilada por las Fuerzas Auxiliarías marroquís, el cuerpo militar encargado de prevenir los intentos de cruce de la valla por parte de personas procedentes de distintos puntos de África. Las comunidades migrantes se organizan para sobrevivir en condiciones difíciles en los bosques que rodean el enclave, batallando entre el riesgo de detención y la destrucción de su asentamiento por parte de los militares. A principio de año han expulsado a un cura jesuita que hablaba mucho con los medios sobre las violencias infligidas a las personas migrantes por manos de la policía marroquí y española.
Pienso en si tendría que ir, o cambiar mi plan y volver a Rabat.
Quizás me estoy imaginando cosas.
Igual era solo una llamada de alguien que cogió mi número quien sabe dónde, y que se quería hacer el idiota.
—
Paranoia. Es alternar la percepción de ser perseguido por alguien o por algo a momentos de reproche a ti misma por sobre pensar las cosas.
No me pasa solamente a mí. En la frontera, las personas están paranoicas.
La gente me habla de móviles que se calientan.
De llamadas mudas.
De ficheros que desaparecen de tu ordenador.
‘Te ha pasado nunca de escuchar la grabación de una conversación tuya mientras que estas en otra llamada?’ me pregunta una amiga.
Sinceramente, no lo sé si me ha pasado.
No creo.
Pero la verdad es que llevo unos meses dudando de mi capacidad de distinguir lo real de la paranoia.
En enero de 2016, el cuerpo de un compañero de departamento, Giulio Regeni, fue hallado a las afueras del Cairo, en Egipto. Giulio murió tras ser secuestrado y torturado, muy probablemente por parte de los servicios secretos egipcianos.
Estaba en Egipto, llevando a cabo el trabajo de campo de su tesis doctoral. Su muerte impactó a todo el mundo, académico y no.
El régimen del general al Sisi controlaba la población egipciana desapareciendo, encarcelando y torturando de manera arbitraria sus ciudadanos.
Se creía que lo peor que le podía pasar a un extranjero iba a ser la deportación.
La muerte de Giulio mostró lo contrario.
Nos hizo entrever el dolor y el miedo que atenaza a los egipcianos que ven desaparecer a seres queridos, vecinos, y compañeros de trabajos, sin ni saber exactamente por qué.
La que pasó a Giulio, que yo no había conocido, me había desdibujado los contornos entre el peligro y la paranoia.
Cuando oigo ruidos en el móvil, mi cerebro empieza a dudar.
Tengo que irme.
No importa que me vaya.
Me voy, pero solo tan lejos como para no molestar más.
¿Pero cuanto lejos es bastante lejos?
Igual era solo un ruido.
Sí, seguramente tengo mala conexión en el móvil.
(¿Y Giulio, su móvil también tenía mala conexión? Giulio los oías los ruidos?)
Toco mi móvil. No está caliente.
Respiro. Decido seguir por Nador.

—
Enero 2022. Estoy en Melilla, cruzando la calle volviendo de un reparto de comida a personas que viven en la calle.
Serán como las 8 y media de la tarde.
Es una tarde como las otras.
Hablo con el alguien por el móvil.
Hablo de cosas sin importancias.
Y luego lo escucho.
El ruido. Inconfundible.
Como si alguien le hubiese dado al botón de una grabadora.
Sigo hablando por móvil.
Quiero que, si hay alguien escuchando, se entere de lo nada que estoy diciendo.
Pero no logro centrarme en la conversación. Cuelgo la llamada y vuelvo a llamar, pero esta vez por WhatsApp.
Ya no hay ruido.
Tiempo atrás, un informático que había trabajado en la marina militar me había explicado que lo que interesa a alguien que nos está pinchando el teléfono no es tanto lo que estamos diciendo, sino nuestra localización y los datos de las personas a las que estamos llamando. Me da casi risa al pensarlo en este momento. Estoy en la calle en Melilla. La frontera con Marruecos está cerrada por el COVID19. Si alguien me está verdaderamente escuchando, le hubiera venido más rápido ir a buscarme en estos 12 km cuadrados que montar este circo.
Termino la llamada y cuelgo.
Han pasado más de cinco años de aquella mañana en Oujda.
En estos años, le he oído muchas veces al botón.
Me he ido acostumbrando a los ruidos de los móviles en la frontera.
Me he ido acostumbrando porque muchos móviles hacen ruidos en los dos lados de la frontera.
‘Con quien estabas hablando?’ me preguntó una compañera un par de años antes, cuando le conté haber escuchado el ruido de la grabadora mientras hablaba con alguien en Fez. Le dije el nombre. ‘Ah pues sí, yo creo que él tiene algún problema [con la policía]’, me dice. ‘Igual le están pinchando a él, no a ti’ me dice.
(Primera barrera en mi paranoia. Los ruidos a veces son los ruidos de los demás).
Cuando oigo al botón en Melilla, pienso en que llevo mucho tiempo sin escuchar estos ruidos.
La última vez ha sido en Marruecos, en 2019.
Luego he estado haciendo trabajo de campo en Canarias.
Y ahí, por alguna razón, nunca le ha pasado algo raro a mi móvil.
Ahí, en la calle en Melilla, piensos a la cantidad de militares que me cruzo todos los días.
Pienso en los coches de la Guardia Civil que aparecen de repente si te acercas demasiado a la valla con el móvil en mano para sacar una foto.
Pienso en los coches de la Policía Nacional que pasan por el punto donde hacemos el reparto de comida, justo a la hora en la que hacemos el reparto de comida.
Pienso en mi móvil, que ha vuelto a hacer ruido, pero no se calienta.
(Segunda barrera en mi paranoia. No todas las fronteras hacen los mismos ruidos)

Las fronteras funcionan a través del control de las personas que se mueven por ellas.
Se ponen vallas. Se instalan cámaras. Se despachan policías. Se piden visados.
Las fronteras funcionan a través del control que las personas que se mueven ejercen sobre ellas mismas.
‘¿Si pido asilo aquí [en España], alguien en Marruecos se va a enterar?’
‘¿Si tengo una orden de expulsión y me voy a urgencias, me puede detener la policía?’
‘Como sé quién es un policía en la calle y quien no lo es? Es que todos los blancos podrían ser policía’
‘Tú los has escuchado nunca los ruidos en el móvil?’
Las fronteras funcionan haciendo que sea difícil reconocer lo que es frontera y lo que no lo es.
Y así, la frontera se te mete dentro.
Esperas a pedir asilo.
Evitas ir a urgencias.
Dejas de bajar en paradas del metro donde puede haber policías.
Mi privilegio me protege, pero tengo miedo a hacerle daño a los demás.
Dejo de grabar a las entrevistas.
Cripto el ordenador.
Tengo cuidado a lo que digo cuando hablo por móvil.
—
Es octubre de 2024.
Llevo casi un año y medio lejos de esa frontera tan espesa.
Ya no oigo los ruidos en el móvil.
Mi móvil solo se calienta cuando lo pongo al sol.
Quizás, por fin, tengo mejor conexión.
Quizás todo pasó solamente en mi cabeza.
Quizás todo pasó solamente en mi cabeza, porque era solamente en mi cabeza que todo esto tenía que pasar.