Sandía

Melilla, mayo 2022. ‘No puedo quedarme mucho’ me dijo Simo, un amigo que había venido a cenar en mi casa. ‘Luego me voy a la frontera con unos amigos, a tomarme un cafelito y ver que tal’. Era la tarde del 16 de mayo. A medianoche, la frontera entre Melilla, España, y Beni Ensar, Marruecos, iba a reabrir tras más de dos años de cierre. En el aire se respiraba un sentimiento de excitación general, mixto a una ligera sensación de nervios. Desde la tarde, los coches habían ido formando una cola alrededor del paso fronterizo, todo a lo largo la carretera que costeaba la valla. Grupos de amigos se habían organizado para quedar a medianoche, y ver el espectáculo de la frontera que se reabría. Todo el mundo quería ser el primero en cruzar, o por lo menos, ser testigo del primer cruce.

Una señal de tráfico cerca del paso fronterizo de Beni Ensar. Fuente: Lorena Gazzotti

‘Reabrir la frontera’ significaba literalmente reabrir las dos rejas corredizas de hierro macizo – una del lado español, la otra del lado marroquí – que separaban la Ciudad Autónoma del país vecino. Las dos rejas se habían quedado blindadas desde el 13 de marzo 2020, cuando Marruecos había anunciado el cierre de sus fronteras terrestres debido a la pandemia de COVID19. Durante el estado de alerta sanitaria, la frontera había sido reabierta de manera puntual en ocasión de los corredores humanitarios, que las autoridades de los dos países habían concertado para facilitar el regreso a Marruecos de centenares de ciudadanos marroquís bloqueados en Ceuta y Melilla. En el verano 2020, Marruecos había reabierto su espacio aéreo y marítimo, pero las fronteras terrestres se habían quedado cerradas. La situación se había mantenido igual a lo largo de 2021. El prolongarse del cierre mantenía Melilla y Nador económicamente asfixiadas. En Melilla, muchas empresas dedicadas a la exportación de bienes de consumo a Marruecos se habían hundido. En Nador, los trabajadores transfronterizos seguían sin poder recuperar sus puestos en Melilla. Personas marroquís que vivían sin papeles en Melilla llevaban dos años sin poder salir de la ciudad. Gente que tenía familia o propriedades al otro lado de la frontera se había vistos obligados a tener que volar hasta Málaga o Madrid, y luego a Nador, en la imposibilidad de recurrir directamente los 17 km que separaban las dos ciudades. ‘No me lo hagas pensar, voy a tardar 48 horas en llegar a mi casa’ me dijo Sara, una amiga que iba a ver su familia a Zaio, entre Nador y Berkane, en el norte este de Marruecos, y que ordinariamente habría tardado una hora en coche en llegar desde la frontera.

Un autoservicio al lado del paso fronterizo de Farkhana, cerrado debido a la perdida de clientes tras el cierre de la frontera. Fuente: Lorena Gazzotti

Muchos imputaban esta situación al malestar diplomático entre los dos países, surgido a raíz de la decisión de España de acoger a Brahim Ghali, secretario del Frente Polisario, para un tratamiento médico en 2021. El Frente Polisario es un movimiento que lucha para la autodeterminación y liberación del Sahara Occidental, territorio colonizado por España hasta 1975 y ocupado por Marruecos a través de la Marcha Verde en noviembre del mismo año. Apoyado por muchos países como Argelia, el Frente Polisario sigue luchando para la independencia del Sahara Occidental, que la ONU sigue clasificando como territorio no autónomo pendiente de descolonización. La decisión de España de acoger a Brahim Ghali había llevado a Mohamed VI, el rey de Marruecos, a llamar la embajadora marroquí en España a consulta. La crisis diplomática había logrado su ápex en mayo 2021, cuando Marruecos había temporalmente suspendido el control de la zona adyacente al perímetro fronterizo de Ceuta, dejando que más de 10 000 personas cruzaran la frontera entre Fnideq y el enclave.

La reapertura de la frontera no se habría podido producir sin una reconciliación diplomática entre los dos países. El 18 de marzo 2022, Pedro Sánchez había extendido una rama de olivo al reino alauí a través de una controvertida declaración donde afirmaba el apoyo español a la estrategia marroquí de convertir el Sahara Occidental en una región autónoma bajo el control de Rabat. Esta presa de posición rompía la histórica postura mantenida por España en el asunto, y negaba la histórica lucha por la autodeterminación del pueblo saharaui. Las declaraciones de Pedro Sánchez fueron acogidas muy positivamente por Mohamed VI. De inmediato, los periódicos empezaron a hablar de una posible reapertura de la frontera. El mes siguiente, Pedro Sánchez voló a Marruecos para un viaje diplomático oficial. Los ojos de todos los residentes de Melilla estaban fijados en Rabat. Era el mes de Ramadán, la época del ayuno para los creyentes musulmanes. La noche del 6 de abril 2022 estaba volviendo a mi casa después de haber pasado la tarde trabajando en la Biblioteca Pública de Melilla. Andando por una de las calles principales del centro, pasé por delante de una cafetería donde mucha gente iba a merendar después de salir del trabajo o de recoger los niños del colegio. Delante de la cafetería, dos hombres de medianas edad estaban hablando, uno de los dos dándole pequeños golpes afectuoso al hombro del compañero. ‘No te preocupes, que ya están rompiendo el ayuno juntos’ le dijo, la cara iluminada de felicidad y la boca curvada en una sonrisa. Estaba hablando de Pedro Sánchez y Mohamed VI, que justo aquella noche iban a mantener una reunión sobre la posible reapertura de la frontera compartiendo el ftour, el pasto de ruptura del ayuno. Una vez finalizada la visita diplomática de Pedro Sánchez, la prensa confirmó que sí, efectivamente la frontera iba a reabrir el 1 de mayo. En último momento, y casi a querer poner a prueba los nervios de los habitantes de los dos lados de la frontera, la fecha de reapertura fue retrasada a la medianoche del 17 de mayo.

Por fin si, la frontera iba a reabrir. Pero no para todos. A principio de mayo, la prensa difundió las modalidades de reapertura, precisando que solamente los ciudadanos con pasaporte comunitario, y los marroquís con permiso de trabajo o visado vigente para entrar a España iban a poder cruzar las fronteras en ambos sentidos. Los ciudadanos marroquís de Nador y de Tetuán no iban a poder cruzar a Melilla o a Ceuta respetivamente exhibiendo el solo pasaporte, como había sido costumbre hasta 2020 y tal y como estipulado en el Tratado de Schengen. Se dijo que estas iban a ser las condiciones para la primera fase de la reapertura de la frontera. Sin embargo, estas restricciones parecían una reacción a una sentencia del Tribunal Supremo español de 2020, que avalaba el derecho de los solicitantes de asilo que habían presentado su solicitud en Ceuta o Melilla a viajar libremente dentro de todo el territorio español. A la hora de planificar la reapertura de la frontera en 2022, las autoridades españolas no habían hecho misterio de su miedo que dejar a que los ciudadanos marroquís de las provincias de Nador y Tetuán disfrutaran del derecho de cruzar la frontera a Melilla y Ceuta sin necesidad de visado, tal y como estipulado en la excepción de Schengen, iba a generar un ‘efecto llamada’, llevando a miles de personas a cruzar la frontera bajo la excepción transfronteriza, para luego solicitar el asilo y cruzar a península. Para evitar esta posibilidad, se decidió suspender completamente la aplicación de la excepción de Schengen. Esta decisión afectó muy duramente a los miles de personas marroquís que vivían sin papeles en Melilla, que ya no iban a poder cruzar a Marruecos para ver sus seres queridos tras dos años de lejanía debido a la imposibilidad de volver a España sin visado. ‘Estamos castigados aquí’ me dijo Fatiha, una mujer de Farkhana, un pueblo al lado de la frontera, que llevaba años viviendo en Melilla e intentando regularizarse, pero sin éxito. En las primeras 24 horas de reapertura de la frontera, poco más de 3000 personas cruzaron en los dos sentidos. Ante de la pandemia, más de 30 000 personas cruzaban a diario. La frontera había reabierto, pero para el 90% de las personas que solian cruzarla, se había quedado cerrada.

La valla y el pueblo marroquì de Mariguari, vistos desde el barrio de los Pinares, Melilla. Fuente: Lorena Gazzotti

Mis amigos y yo no tardamos mucho en cruzar. A principio de junio, nos fuimos a desayunar a Nador, y luego a echar la tarde en la playa de la Bocana, justo al lado de la frontera. La playa estaba petada de gente joven y menos joven que jugaba a la pelota, tomaba el sol, y nadaba. Aunque fuera la costa del Mediterráneo, las olas estaban bastante fuertes, y te atrapaban para luego escupirte hacia la orilla. Tumbada en la arena, vi a un grupo de chicos que nadaban un poco más al largo, y oí a los socorristas pitar para llamarle la atención. Me giré, y me di cuenta de que no habían sido los socorristas que habían pitado, sino dos militares marroquís, vestido con los mismos uniformes de los militares que había visto alguna vez a través de la valla cuando me había ido a pasear en la carretera que bordeaba la frontera. Los dos militares siguieron pitando hasta que los chicos no salieron del agua, y siguieron haciendo lo mismo cada vez que veían alguien alejarse más de unos metros de la orilla. Me puse sentada en la arena, y miré hacia la izquierda. Se veía al puerto de Beni Ensar, justo a unos centenares de metros de la Bocana. La extremidad del puerto bordeaba con el muelle del Dique Sur, ya en territorio español. En los últimos dos años, muchas de las personas que habían entrado en Melilla lo habían hecho a nado, desde la playa de la Bocana, pasando al lado del puerto, y luego llegando al Dique. Miré otra vez a los militares, que estacionaban en la arena entre las sombrillas, los bañistas, y los vendedores de café y dulces azucarados. Para los bañistas de la playa de la Bocana, la frontera empezaba a unos metros de la orilla.

El día siguiente, crucé otra vez a Nador para hacer unas entrevistas que había planificado para mi investigación. A final de mañana, cogí el taxi colectivo para volver de Nador a la frontera. Pedí al taxista de pararme un poquito antes de final de corsa, cerca del mercado de Beni Ensar. Me adentré en una de las calles que costeaba el mercado central, y paré delante de uno de los muchos bancos que vendían verdura y fruta. Pedí tomates, calabacines, berenjenas y melocotones, que el frutero peso y envolvió en bolsitas. Puse toda la compra en una bolsa de plástico que llevaba conmigo y pedí la cuenta. ‘Y una sandía no te la lleva?’ me dijo el frutero, indicando con la cabeza a una de las enormes angurias repuestas en una de las cajas en el suelo. ‘Me encantaría, pero tengo que ir al gym un mes antes de ser capaz de llevarme esta sandía hasta mi casa’ le dije, indicando mis bíceps bastante flacos. El frutero se puso a reír. ‘No seriamente’ le dije ‘Me gustaría, pero creo que voy a pasar el límite de peso de la frontera si me llevo también la sandía’. El 8 de junio, la Delegación de Gobierno de Melilla había empezado a aplicar nuevas restricciones que limitaban la entrada de mercancías desde Marruecos por el paso de Beni Ensar a 10 kg de fruta y verdura y dos kg de especias por vehículos. Quedaba prohibida la importación de leche y huevos, y se permitía la importación de pescado solamente si provisto de una certificación de origen. ‘Un límite de peso?’ me preguntó el frutero, la cara sorprendida. Le expliqué brevemente los nuevos límites, contándole también que el día anterior había visto la Guardia Civil pesar las bolsas de la compra de varios viajeros, obligando algunos a tirar productos que no se conformaban a las normas. El frutero me miró, la cara asombrada, la mirada endurecida. ‘Qué sentido ha tenido entonces?’. Le devolví la mirada, sin entender bien a que se refería. ‘Qué sentido ha tenido reabrir la frontera, ¿si yo no puedo ir a Melilla y tú no puedes venir a hacer la compra aquí?’ añadió, la voz temblante de rabia. No sabía cómo contestar. Nos quedamos algunos segundos mirándonos, hasta que el me hizo la cuenta, y yo le entregué un billete para pagar.

Fuente: Engin Akyurt en Pexels.com

Volví a la calle principal, a pocos centenares de metros de la frontera. 50 metros ante del puesto fronterizo había una rotonda, que direccionaba el tráfico hacia el control de pasaporte para cruzar a España, hacia el puerto, o hacia la carretera que iba a Nador. Una camioneta de las Fuerzas Auxiliarías marroquís se había instalado delante de la rotonda. Los militares paraban todos los coches y los peatones que hacían por ir hacia el puesto fronterizo. Cada viajero tenía que ensenar el pasaporte, y solo los que tenían la documentación requerida para cruzar a España podían seguir hasta el paso fronterizo propiamente dicho. Ese control no existía antes de la pandemia. La reapertura de la frontera había extendido la frontera hacia más allá de la valla, por cincuenta metros más hacia la rotonda, creando un rectángulo rodeado de una valla invisible, entre la frontera, la camioneta de los militares, y los chiringuitos que vendían comida para las personas que hacían cola poder cruzar a Melilla en coche.

Llegada al puesto fronterizo, me pongo en la cola de los peatones. Después de unos minutos llega mi turno. Voy hasta la ventanilla, enseno mi pasaporte, y contesto a las preguntas que me hace el policía marroquí. Después de unos momentos, el hombre me sella el pasaporte, y otro compañero suyo sentado una ventena de metros más allá me lo verifica otra vez. Pasada al lado español, un Policía Nacional pasa mi pasaporte en el sistema identificativo, y luego me deja pasar. Ando unos metros más, y un vigilante me para nuevamente para pedirme el pasaporte sanitario. Se lo enseno, y me deja ir. Finalmente, la Guardia Civil me para, y me pide que llevo en la bolsa de plástico. ‘Es fruta y verdura, hice la compra en Beni Ensar’. ‘Puede enseñármela si es tan amable?’ me pide. Poso la compra en una mesa, y la abro para que el Guardia Civil pueda ver que sí, no es nada más que fruta y verdura. En la mesa de al lado, una pareja está discutiendo con otro Guardia Civil sobre el derecho de llevarse o no a casa el marisco que han comprado en Marruecos. Vuelvo a mirar el militar, que revisa rápidamente mi bolsa de la compra. Hace un gesto seco de asentimiento con la cabeza , y me dice: ‘Pasa’.