Taghramt
Junio 2023. ‘¿A donde es que tienes que ir?’ me preguntó Brahim, un taxista tangerino, su tono bastante dudoso. Me había pasado su número una amiga, a la que había pedido consejo sobre el transporte a un pueblo que tenía que visitar por mi investigación. Del tono de Brahim, me imaginé que había pronunciado mal el nombre de la aldea. ‘Es Tleta Taghramt, está cerca de Tánger Med’ le dije, tecleando con la otra mano en el ordenador a ver algún pueblo más grande podía funcionar mejor como referencia para Brahim. ‘Ah vale, por Khemiss Anjra, si ya sé’ me contestó, la voz más relajada. Pero yo me agité, porque esto no era a donde yo tenía que ir. ‘No espera, Khemiss Anjra queda mucho más lejos, esto es dentro de la comuna de Fahs Anjra’ dije. El taxista siguió pareciéndome dudoso al teléfono. Quedamos en que iba a preguntar indicaciones más precisas sobre la carretera, y concretamos la hora y el lugar donde me iba a recoger el día siguiente.

‘¿Sabes cuantos años son que no voy por ahí [por Taghramt]?’ me dijo Brahim cuando me recogió con el taxi en el boulevard Pasteur, una de las avenidas que cruza el centro de Tánger. ‘La carretera estaba malísima antes, pero me han dicho que ahora la han reformada y está mucho mejor’ me explicó. Brahim siguió contándome que el topónimo ‘Tleta’ se debía al hecho que cada martes [Tleta, en árabe marroquí] se tenía uno de los mercados semanales donde, antes de la pandemia, se comercializaban los productos importados desde Ceuta a través del porteo. Salimos de Tánger por la carretera que iba por la costa mediterránea hacia Bel Younech, la zona de montañas y bosques que rodea Ceuta. Mientras conducía, Brahim me contaba como había visto evolucionar este tramo de costa a lo largo de los últimos cincuenta años, desde la explosión urbana de Tanger a la construcción de complejos hoteleros, restaurantes y cafetines tras la recalificación turística de la zona a final del siglo XX. Llegamos a Ksar Sghir, y justo antes del puerto de Tánger Med giramos por otra carretera que iba hacia el interior. Nos adentramos por las montañas de la Yebala, la región de Marruecos que se extiende desde el este de Tánger hasta el Rif Central. El paisaje urbanizado de la costa dejó espacio a los campos y a los bosques, interrumpidos solamente por pequeñas aldeas de vez en cuando. No hacía buen tiempo, y mano a mano que subíamos por la carretera una espesa niebla bajaba sobre las casas, los árboles, el coche, desdibujando el contorno de las montañas. Unos veinte minutos después, superamos un parque eólico y, poco distante, cogimos una curva estrecha. ‘Ahí, hemos llegado’ dije a Brahim, indicando un complejo de edificios justo al lado de la carretera, al principio del pequeño pueblo de Taghramt.
Bajé del coche, y me acerqué a los cincos austeros edificios de hormigón gris. Las construcciones formaban parte de un antiguo cuartel español, construido a final del siglo XIX o a principio del siglo XX. Efectivamente, la Yebala entró dentro del mapa geopolítico español antes de la colonización propiamente dicha: la zona controlada por la comunidad de los Anyera (el Anjra reflejado en la toponimia de la región) fue el escenario de la Guerra de África, a través del cual España extendió su control militar y territorial dentro de Marruecos. La influencia española en la zona siguió creciendo en las décadas siguientes para culminar con la formación del Protectorado en 1912, con el que España ganó formalmente el control territorial sobre el Norte de Marruecos. El sometimiento completo de la Yebala al control español se convirtió en un objetivo clave ya que Tetuán, la capital del protectorado, se encontraba en esta región, así como Ceuta. La construcción de fuertes y cuarteles en puntos estratégicos fue una de las estrategias utilizadas por las tropas coloniales para asentar su control en la región, cuyo carácter montañoso, junto a la fuerte resistencia de las cabilas rifeñas, pusieron muchos obstáculos a la colonización militar de la zona. Así que fue en este escenario colonial de tensión y control que se construyó el fuerte de Taghramt.

El complejo se había quedado abandonado tras la independencia de Marruecos en 1956, y una bandera marroquí aventaba por el techo del edificio que había tenido que funcionar de despacho del cuartel, a remarcar el proceso de descolonización que había vivido la región setenta años antes. Me acerqué a las tres construcciones más lejanas de la carretera, tres caserones rectangulares que parecían haber funcionado como dormitorios compartidos por los soldados. Los edificios estaban en un estado de completo abandono, las hierbas creciendo en el pequeño patio entre los edificios, que se entreveía a través de la puerta de hierro medio reventada que cerraba el acceso. Saqué el móvil para hacer fotos, y volví hacia a la puerta del edificio que quedaba más cerca de la carretera. Al lado de la puerta, había una placa en plástico. Llevaba un dibujo de una casa colorado en blanco y rojo vivo, con un toque casi infantil que de alguna manera chocaba con la austeridad del lugar. Por debajo, había un logo de la Unión Europea, y otro de la Comunidad de Madrid. La placa llevaba dos escritas, una en árabe clásico y una en castellano. Decían ‘centro de protección social Taghramt’.

La placa era un legado de otro momento tenso en la historia del complejo, mucho más reciente pero no meno controvertido. A principio del siglo XX, el cuartel había sido uno de cinco edificios a ser habilitado para acoger a menores marroquís que habían migrado a Europa y que iban a ser retornados de manera forzosa o voluntaria a su país de origen. La construcción o reforma de estos cinco centros, todos ubicados en zonas de Marruecos a alta tasa de emigración hacia el extranjero, había sido el culmine de un proceso de criminalización de los jóvenes marroquís que migraban a Europa, y que había empezado con el cierre de las fronteras europeas a principio de los anos 1990.
A través de la imposición de visado a los ciudadanos de países terceros en 1991, España había cerrado la puerta de la migración legal a muchos extranjeros no-comunitario que no reunían los requisitos económicos y laborales para conseguir dicha autorización de viaje. Es por este motivo que, a lo largo de los anos 1990, muchos niños y adolescentes marroquís empezaron a intentar migrar a España desde el puerto de Tánger, escondiéndose en los camiones que subían a los ferries. Mas de uno murió aplastados tras caerse del vehículo en movimiento, o saltando las vallas que dividían el puerto del resto de la ciudad. La llegada de menores migrantes obligó el sistema de protección español a adaptarse a esta nueva realidad. En 1996, España aprobó la ley de protección jurídica del menor, que obliga las Comunidades Autónomas a tutelar los menores en situación de desamparo, independientemente de su nacionalidad. Sin embargo, el gobierno español empezó también a buscar medidas para frenar la migración de los menores marroquís a España, y agilizar su retorno al país de origen.
De hecho, los menores migrantes ponen en crisis el estado secretario europeo. Por un lado, son personas que proteger, con unos derechos cristalizados de manera clara por los convenios internacionales y la propia ley española. Por otro lado, son también personas extranjeras, que el estado sigue percibiendo como sujetos indeseados que necesitan ser controlados y alejados. En España, esta contradicción política se materializó a pie de calle en una legislación a la vez protectora y excluyente, y en una inversión política y económica considerable en maximizar el retorno de los menores migrantes a sus países de origen.
La construcción de centros en Marruecos fue una de las medidas que tanto las autoridades locales en zonas fronterizas, como el gobierno central, impulsaron para agilizar el retorno de los menores marroquís. Entre 2004 y 2008, la Unión Europea financió la reforma integral del cuartel de Taghramt, la habilitación de un centro en el barrio de Beni Makada en Tánger, y la construcción de otro centro en Benguerir, cerca de Marrakech, por una cuantía de 3 millones de euro gestionadas por una ONG española. Los tres centros habían sido planteados para acoger exclusivamente a menores de menos de 14 anos repatriados desde la Comunidad de Madrid. Entre 2007 y 2009, el gobierno español financió la construcción de dos centros adicionales, uno a 20 km de Nador, y otro en Fqih Ben Salah, en el centro de Marruecos, en una zona de alta tasa de migración hacia Italia y España. Las obras tuvieron un coste total de 2.7 millones de euro, y fueron gestionados por la Organización Internacional de las Migraciones. El centro cerca de Nador se construyó en la pequeña ciudad de El Aroui, más conocida en España como Monte Arruit, teatro de unos de los enfrentamientos más grave entre las tropas españolas y rifeñas durante la Guerra del Rif. De alguna manera, la geografía de la colonización española seguía reapareciendo en la nueva geografía del control fronterizo.

Así que fue en 2004 que la pequeña aldea de Taghramt reapareció en el mapa geopolítico español. El antiguo cuartel militar fue completamente reformado, las instalaciones modernizadas, el mobiliario instalado en cada uno de los edificios. El anuncio de las reformas del centro, y de las construcciones de otros tres, provocaron una reacción fuerte de la sociedad civil tanto en Marruecos como en España. SOS Racismo y Unicef Marruecos declararon públicamente sus preocupaciones sobre el utilizo de estos centros para acelerar los retornos de los menores sin los debidos acertamientos cuanto a su interés superior. Lo mismo hizo Human Rights Watch, que despachó una delegación a Marruecos para acertar las intenciones de las partes cuanto a la utilización de los centros.
Por cierto, al final ninguno de los centros fue utilizado para acoger a menores repatriados desde Europa. A lo largo de los anos 2000, la jurisprudencia española vivió una evolución importante sobre los derechos de los menores extranjeros. Distintas sentencias del Tribunal Supremo asentaron el derecho de estos menores a ser oídos en las decisiones sobre los casos de retorno, garantizando su participación en la determinación de su interés superior. De misma forma, se precisó también la necesidad de hacer un análisis individualizado de la situación de cada menor antes de tomar una decisión sobre su repatriación. Se produjo entonces una restricción del retorno como solución duradera para los menores extranjeros no acompañados llegados a España, que se podía llevar a cabo solamente probando que el retorno iba a ser realmente beneficioso para el niño. Los casos de repatriaciones se redujeron drásticamente, y los centros se convirtieron en un producto político de poca utilidad, y de creciente incomodidad.

Desde su ultimación hasta el día de hoy, todos los centros, gestionados por el gobierno marroquí, han sido utilizado para otra función. El centro de El Aroui en la actualidad alberga a campamentos de verano. El centro de Benguerir acoge un internado y un centro de formación profesional para los alumnos de la provincia. El centro de Fqih Ben Salah se ha convertido en un complejo social y cultural, en un barrio que acoge a otros proyectos de apoyo a las personas que viven en situación de calle. El centro de Taghramt estuvo en función por lo menos hasta principio de los anos 2010s como centro de formación profesional. Luego, cayó en el completo desuso. Al lado, las autoridades marroquís construyeron otro centro de formación profesional. Una amiga me dijo que los alumnos del centro a veces utilizaban las instalaciones del cuartel para esconderse y fumar durante las pausas del curso. Había algo de sutil en reconocer como un símbolo del deseo europeo de controlar a los jóvenes marroquís fuera utilizado por jóvenes de la zona, en su intento de burlarse de otro tipo de autoridad.
Di una última vuelta alrededor del complejo. La niebla envolvía por completo la cumbre alrededor. No se veía nada cien metros por debajo. Brahim esperaba al lado del coche. ‘¿Ya está?’ me preguntó, cuando me vio de vuelta. ‘Ya está’, le dije. Llegamos un poquito más allá en el pueblo para dar la vuelta y coger el mismo camino para volver a Tánger. Nos adentramos en la niebla, y dejamos atrás Taghramt, el cuartel, y su historia no resuelta.
Un agradecimiento a Mercedes Jiménez por hacerme descubrir este lugar, y por las muchas pistas que me han sido necesarias para interpretar su historia.