Desarme
Vuelvo a casa después de trabajar y dejo la mochila caer en el suelo, al lado del sofá. Me hago un café, que trago a pequeños sorbos mientras me como el lazo recubierto de chocolate que acabo de comprar por cincuenta céntimos en la tienda de la esquina. Es mi ritual de cada día, menos los martes, porque Luis, el de la tienda, cierra por la tarde. Mientras trago el último sorbo de café, estudio el salón del piso. A final de semana tengo que mudarme. Tengo cinco días para destrozar mi hogar, aunque siga viviendo en él.

He pasado los últimos días como si mi cuerpo estuviera partido en dos. Una parte de mí sigue haciendo las mismas cosas de siempre: echarme la siesta en el mismo sofá, taparme con la misma manta, lavarme con el mismo jabón. Pero alguien dentro de mí está pesando libros, midiendo cajas, contando maletas. Me gustaría esperar unos días más, pero no puedo. Es el protocolo.
Si me mudo de una habitación, puedo dejar las cajas para el mismo día de la mudanza.
Si me mudo de un piso, tengo que empezar una semana antes.
Si me mudo dentro de la misma ciudad, puedo intentar llevar conmigo todas mis pertenencias.
Si me mudo a otro país, tengo que irme con la misma cantidad de cosas con la que vine. Una maleta grande, una pequeña y los libros por Correos.
Miro el piso, buscando qué puedo embalar sin que su ausencia sea inmediatamente visible. Decido empezar por poner la ropa dentro de las maletas. Mis vestidos están dentro de un armario empotrado. Una vez quitados de su sitio y cerradas las puertas del armario, puedo hacer como si no hubiera pasado nada.
Empiezo a doblar las prendas y a ponerlas en las maletas. Apilo los vestidos, los pantalones y las camisetas que llevo tiempo sin ponerme encima de la cama. Miro un jersey de lana gris, de cuello redondo, que no me he puesto nunca. Me lo compró mi madre hace un par de años. Lo doblo y lo pongo en la maleta, como todos los jerseys de cuello redondo que me ha comprado mi madre, que nunca me he puesto pero que siempre meto en la maleta.
En la misma maleta guardo una camiseta de punto que llevo poniéndome desde el instituto. Se la compró mi madre en los años ochenta, en aquella época dorada en la que tenía algo de dinero y ningún hijo en quien tener que gastarlo. Durante varios veranos busqué más prendas de este estilo en los baúles de casa de mis padres. Encontré algunas, pero mi madre se había deshecho de la mayoría hacía mucho tiempo. – No teníamos espacio. Yo había engordado, y tú también – .
Cuando cierro las maletas, miro la pila de prendas encima de la cama. Lleno tres bolsas del súper y bajo con ellas a la calle. Dejo las cosas en un rincón donde la gente suele dejar ropa de la que quiere deshacerse, y de donde yo misma he recogido muchas prendas que se han convertido en mis favoritas. De la calle vienen, y a la calle volverán.

Al día siguiente paso por delante del rincón donde dejé las tres bolsas de ropa. Mucho de lo que había dejado ya no está. Alguien debe de haber rebuscado con tanta fuerza que una de las bolsas se ha roto. Una prenda se ha salido y ahora toca el suelo encharcado. Un vestido que me hizo mi madre. Aparto la mirada y sigo mi camino.
El último día me pongo a quitar las fotos y las postales de las paredes. Es lo último que hago cada vez que me mudo. Las postales tienen pequeñas marcas dejadas por la cinta adhesiva. Llevan conmigo casi trece años. Las recogí en la Filmoteca de Bolonia durante una pausa mientras preparábamos exámenes. Un amigo nos dijo que en las oficinas de la Filmoteca regalaban las postales de películas que ya no estaban en cartelera. Ricardo Darín en El secreto de sus ojos ha visto las paredes de mis dieciocho casas.
Retiro una postal cada vez y agarro el borde de la pegatina de la última foto que sigue pegada a la pared. Tiro de ella con cuidado, despacio, para que no deje marcas. Cuando la pegatina se desprende de la pared, todo se acaba. El alma de la casa ya no existe.
